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D'A2025
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  • Una ballena

    || Críticas | ★★★★★ |
    Una ballena
    Pablo Hernando
    Misterio, profundo, autocontrol


    Aarón Rodríguez Serrano
    Castellón |

    ficha técnica:
    España, Italia, 2024. Título original: Una ballena. Dirección y guion: Pablo Hernando. Compañías: Señor y Señora, Sayaka Producciones, Orisa Produzioni. Festival de presentación: Festival de Sitges 2024. Distribución en España: Elastica Films. Fotografía: Sara Gallego Grau. Montaje: Pablo Hernando. Música: Izaskun González. Reparto: Ingrid García-Jonsson (Ingrid), Ramón Barea (Melville), Kepa Errasti (Jonás), Paolo Sassanelli (Donatien Vidussoni), Iñigo de la Iglesia, David Pareja, Iñake Irastorza. Duración: 108 minutos.

    Algunos de los conceptos que utilizamos para pensar el cine son, en el menor de los casos, resbaladizos. Pensemos por ejemplo en la «atmósfera cinematográfica», esa evanescente categoría con la que solemos hibridar los efectos de la dirección de arte, la dirección de fotografía, el diseño de sonido y una serie de pequeñas resonancias narrativas que van punteando las decisiones de dirección aquí o acullá. Podemos convenir que una película es «atmosférica» cuando hay algo que ordena esos elementos con una fuerte coherencia interna, con una originalidad y una precisión que permiten que el visionado genere unos efectos estéticos únicos. En esta dirección, me gustaría comenzar diciendo que Una ballena (Pablo Hernando, 2025) es probablemente una de las grandes películas «atmosféricas» del año, o lo que viene siendo lo mismo, una película profundamente sabia, autónoma, hermética y bien trazada.

    Esta ristra de halagos no cae del cielo. Antes bien, mientras se iban desplegando los primeros minutos de película me resultaba imposible no recordar los grandes logros que Hernando había desbrozado en Berserker (2015) y que aquí habían ganado en fuerza, en precisión y en madurez. Los destellos de las carreteras nocturnas, el trabajo con los reflejos de la luz y la lluvia, los tonos azulados y marrones oscuros que invadían la colorimetría iban, poco a poco, desplegando un mundo narrativo despiadado, gélido, a medio camino entre la ciencia ficción brutalista y el costumbrismo sádico. El trabajo de Sara Gallego, impecable, hacía crecer cada plano con una sinuosidad inquietante. Según se despliegan esos primeros veinte, treinta minutos, uno tiene la sensación de estar asistiendo a la adaptación extraterrestre de un códice medieval, a un conjunto de signos que van apuntando inevitablemente hacia otras direcciones, a una constante negación del sentido que es, sin embargo, tremendamente bella. La partitura de Izaskun González flota como una corriente oculta sobre la que se deslizaran armoniosamente las imágenes, conteniendo y poetizando esa rugosidad, esa macabra insistencia de los interiores oxidados o polvorientos, metálicos o enmoquetados, plastificados e inhabitables por los que va transitando una trama esmeradamente lenta pero clara.

    La película es tan sencilla en su disposición dramática como profunda en su construcción audiovisual. Valdría decir, por tanto, que es una película estrictamente cinematográfica, esto es, que finge una serie de deudas no demasiado relevantes con su propio pasado, con la literatura y con los géneros en los que se apoya: ahí están Herman y Jean-Pierre Melville hibridados en una inteligentísima sombra que los anuda, o Jonathan Glazer, o todas esas voces taciturnas e incluso anonadadas del Polar o de la Ciencia Ficción. Están los ecos del steampunk, del cine abstracto o incluso de la Historia de España para quien quiera servirse de ellos, pero la película es indudablemente un elemento marginal, autárquico. Se vale a sí misma y en ella misma dispone la potencia de cada uno de los planos que la componen. A veces es un exterior filmado en una playa desolada con unas montañas escarpadas al fondo. A veces es un plano contrapicado en movimiento filmado con gran angular que sigue a la protagonista mientras atraviesa su casa. A veces es un plano detalle de un objeto misterioso, una escultura, un plato de comida. Da igual: la película se compone y se celebra como un artefacto visual abierto al juego constante y, por lo tanto, de una enorme valentía.

    Ingrid García Jonsson ha construido uno de esos personajes oscurecidos, tensos, inevitablemente silenciosos y, por ello mismo, condenados a la herida y a la ruptura. Resulta curioso que coincida con Ramón Barea en plano, siendo sin duda dos de las figuras que más y más han crecido en el panorama del cine español de la última década. Hay, debe añadirse, una extraña y precisa química entre los dos, una armonía de apuestos, que consigue que sus escenas juntos funcionen como un mecanismo dramático de alta precisión. Melville (Ramón Barea) habla demasiado, reescribe sus intenciones y ordena los elementos con los que el espectador debe reconstruir las leyes y normas de ese futuro distópico. Es, quizá, el único personaje netamente humanizado de la película, el único en el que descansa el poco reposo y la poca calidez que Hernando nos permite para no asfixiar completamente la película. Al contrario, Ingrid es un puro cuerpo que sufre y calla, cuerpo escrito por una bendición/maldición de forma casi indescifrable y que asesina como quien afina un piano. El primero levanta cada escena con un maravilloso trabajo vocal, un cuidado en la intención de cada frase y en el alcance de cada palabra que corta el aliento. La segunda responde con su capacidad para mirar y moverse, o para permanecer estática, o para sugerir con un autocontrol despiadado un mundo interior a punto de estallar. De hecho, cuando la catástrofe se hace inevitable en el tramo final de la película, hay un único plano en el que observamos cómo se rompe, como aúlla y cómo convierte su rostro en una pura máscara de desesperación que empuja la película con una fuerza tremenda hasta su punto de no retorno. Melville e Ingrid están enlazados en una danza compleja compuesta de tiempos, recuerdos, deseos, fracasos, heridas y pesadillas. Que la película sea capaz de decidir cuándo sugiere y cuándo explicita es, sin duda, uno de sus grandes triunfos.

    Todo está calibrado y todo está precisamente medido: desde esa misteriosa línea de diálogo que estremece al quedar flotando en el aire («Las cosas que habrás visto…») hasta el ruido de las calles exteriores que se filtra en los apartamentos. Desde unos muy meritorios efectos especiales que probablemente vayan a soportar muy bien el paso del tiempo hasta el empapelado repugnante de unas paredes sucias que uno desearía no tocar jamás. No es de extrañar que detrás de la producción esté Leire Apellaniz, una de las firmas más inteligentes y exigentes que componen el cine español contemporáneo. Una ballena es, dicho claramente, una película única, extraordinaria. Cada tela, cada luz, cada mirada, van desplegándose en un portento absoluto de autocontrol y autoexigencia. La pregunta, como ocurre con todas las grandes obras que parecen llegar de un tiempo y un universo narrativo diferente al nuestro, es si estamos capacitados como espectadores para disfrutar y dejarnos mecer por el magnífico reto intelectual y sensitivo que nos ha propuesto Hernando y su equipo. ♦


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