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  • El señor de los anillos: La guerra de los rohirrim

    || Críticas | Streaming | ★★★☆☆
    El señor de los anillos:
    La guerra de los Rohirrim
    Kenji Kamiyama
    Yo estoy aquí, padre


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2024. Título original: The Lord of the Rings: The War of the Rohirrim. Director: Kenji Kamiyama. Guion: Jeffrey Addiss, Will Matthews, Phoebe Gittins, Arty Papageorgiou. Productores: Carolyn Blackwood, Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson, Pete Chiappetta, Joseph Chou, Toby Emmerich, Sam Register, Anthony Tittanegro. Productoras: New Line Cinema, Warner Bros. Animation, WingNut Films, Sola Entertainment, Domain Entertainment. Música: Stephen Gallagher. Montaje: Tsuyoshi Sadamatsu. Voces: Brian Cox, Gaia Wise, Luca Pasqualino, Lorraine Ashbourne, Laurence Ubong Williams, Yazdan Qafouri, Miranda Otto, Michael Wildman.

    Tolkien se desenvolvía con más solvencia en lo que podríamos denominar «épica íntima», esto es, el drama derivado de las relaciones sentimentales y los lazos de sangre, que en la acción vertiginosa de las batallas. Es lógico dada su formación como medievalista, y en concreto siendo especialista, como era, en los cantares de gesta de la mitología germánica, que se caracterizan precisamente por el despliegue de complejos árboles genealógicos. Su ineludible aportación a la fantasía, por consiguiente, no se debe tanto a su sentido de la aventura –sufría horrores para alternar con ritmo tramas, escenarios y personajes– como a un don innato para fijar, con pocas palabras, los conflictos esenciales de los protagonistas. Tolkien dialogaba mejor que describía, y eso le permitía clavar las sentencias y las réplicas. Sus discípulos se han dedicado a lo contrario.

    Solo por lo bien que entiende esta cualidad de su prosa, La guerra de los Rohirrim ya merecería la atención de cualquier aficionado a la Tierra Media. Pero es que, además, estamos ante una película valiente en varios frentes y, por lo tanto, digna de atención en un ámbito, la animación comercial, temeroso a las pruebas y los experimentos. Para empezar, Peter Jackson, Fran Walsh y Philippa Boyens, la santísima trinidad de las adaptaciones que todos conocemos, le han puesto nombre a la hija del rey Helm «Mano de hierro» –Tolkien nunca lo especificó– y la han convertido en la heroína de una historia que, en su origen, el apéndice A de El señor de los anillos, es una lucha de egos masculinos entre el propio Helm, su sobrino Fréaláf y el ambicioso Wulf por el trono de Rohan, el país de los caballos.

    Héra, así se llama la princesa, es ahora quien derrota a Wulf, y no Fréaláf, lo que supone un cambio importante con respecto al legendarium de Tolkien. No es el único. Los hijos de Helm también reciben un tratamiento distinto y Olwyn, la leal consejera de Héra, es un personaje totalmente inventado. Estas decisiones, sobre todo la primera, no les han sentado nada bien a los celosos fans del escritor inglés, siempre en guardia ante posibles traiciones a la esencia del canon. Sin embargo, son coherentes con la larga lista de «agravios» perpetrados por Jackson y cía. desde La comunidad del anillo (The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring, 2001), casi siempre en beneficio de la fluidez narrativa, la épica y la emotividad, y, aún más importante, funcionan de maravilla como vectores de la acción y contrapeso dramático frente a la tremenda presencia de Helm y Wulf, dos figuras típicamente tolkianas en lo que concierne a su rígido sentido del deber y la moral. Si a las adaptaciones de Tolkien, por esta razón, les conviene que se realcen los roles femeninos, Héra es una de las mejores aportaciones desde la Eowyn interpretada por Miranda Otto en la trilogía original, quien no por casualidad presta aquí su voz a la narración en off. Héra es una suerte de hija suya en el pasado; la semilla de su valor y el ejemplo de su coraje.

    Otra decisión tan arriesgada como acertada, creo, es el estilo de animación que luce La guerra de los Rohirrim. Sus creadores han apostado por el anime en detrimento de otras formas más occidentales. Si la idea era no invocar el fantasma de Ralph Bakshi y su fallida adaptación de 1978, lo han conseguido. Si querían sorprender a los seguidores, también. Y si pretendían calibrar la resistencia del imaginario de Tolkien a otras influencias, la prueba ha sido satisfactoria, entre otros motivos porque ahí están Alan Lee y John Howe para encajar su arte conceptual en el manierismo de la animación japonesa. Resulta deliciosa la combinación de sus diseños –se rescatan Edoras y el abismo de Helm tal y como los vimos en Las dos torres (The Fellowship of the Ring: The Two Towers, 2002)– con el físico estilizado y la expresividad facial de unos personajes dibujados con este reconocible estilo nipón. Más allá de los gustos de cada cual, la comunión gráfica es ejemplar y está muy lograda a nivel técnico. Como también lo está la mezcla de animación 2D tradicional y 3D digital en algunas escenas, en particular cuando Héra monta a caballo.

    Con lo que la película no puede, y eso le acaba pasando factura, es la constante sensación de estar viendo un remake animado de Las dos torres. Son tantas las concomitancias dramáticas y estructurales entre el asedio de Cuernavilla por parte de las huestes de Wulf, y el asalto al abismo de Helm por los orcos de Isengard, que la única sorpresa que puede ofrecer La guerra de los Rohirrim en su tercio final es saber cuándo, cómo y a manos de quién morirá Wulf. Tampoco alcanza las cotas épicas de aquélla en la recreación de la batalla final, aquí reducida a un pobre escaramuza entre unos cuantos jinetes y un puñado de guerreros. ¿Cuestión de presupuesto? ¿Sobriedad narrativa? Sea como fuere, una película que se articula sobre la promesa de un enfrentamiento de grandes dimensiones entre sus antagonistas no debería resolverse de una manera tan triste y desangelada. A Gladiator II (Ridley Scott, 2024) le pasa lo mismo. Quedan en la memoria, eso sí, escenas de trágico y hermoso lirismo como el sacrificio del rey Helm o la galopada de Héra vestida de novia guerrera. También esos guiños a Saruman y Gandalf que preludian la historia más grande de la literatura fantástica. O de la literatura, qué diablos. ♦


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